lunes, 23 de octubre de 2017

Predicar en el desierto o la piedra que mató a Goliat


Poco antes de morir, un anciano dijo a su primogénito:
―Toma, es la herencia que un día me dio mi padre.
―¿Y para qué sirve esta piedra? ―preguntó el joven, sin poder ocultar su decepción.
―Debo reconocer, hijo mío, que nunca supe qué hacer con ella, pero tampoco me preocupó demasiado. Espero que tú le encuentres destino mejor.
El joven aceptó la piedra. No estaba seguro si su padre desvariaba o si, como filosóficamente prefería creer, el viejo pasaba por el momento más lúcido de su vida, y le concedía su bien más preciada.
Después del funeral, el primogénito fue echado de la casa familiar por sus demás hermanos.
―Anda, ve a buscar fortuna con tu herencia ―se burlaban.
El primogénito se marchó y nunca se volvió a saber de nada de él. Hay quien dice que se hizo filósofo y ha escrito grandes tratados sobre el significado de las piedras rodantes; otros dicen que vive en una cueva, que se le considera un santo, pues ha sido capaz de convertir las piedras en pan; otros más aseguran que se le amargó la vida y que, rencoroso, no dudó en hacer de la piedra un arma terrible que usa contra todo el que pasa cerca de él. Los más fatalistas aseguran que se colgó la piedra al cuello y se arrojó a una charca. 
Sólo la piedra sabe lo que pasó con él.

sábado, 7 de octubre de 2017

Mudanza


Aquello era un desastre: libros desparramados por aquí y por allá, sillas volcadas, la mesa del comedor patas para arriba, cuadros ladeados y otros estrellados sobre el piso... Habría querido devolver cada cosa a su sitio y seguir como si nada hubiera pasado, pero una voz lejana me ordenó dejar todo como estaba. Es imposible que vuelvas a acomodar un recuerdo a modo, agregó.

"Silla rota" (Foto / Collage: max)

lunes, 11 de septiembre de 2017

Una botella al mar


—Firme aquí —así lo hice, me entregó la carta y se dio la vuelta para irse, pero se regresó—. Perdone, ¿tiene perro?
Toda familia tradicional que se precie de serlo tiene al menos uno, así que mentí:
—Tenía una perrita schnauzer mediana, color sal y pimienta, y muy buena para clavar colmillos en los chamorros de la gente, pero la mató el parvovirus.
—¡Una gran pérdida! Reciba mis condolencias —dijo el hombre, poniéndose la emblemática gorra de su gremio sobre el pecho.
—¡Si supiera cuánto la echamos de menos! —me lamenté, extrañando a … Lana; de tenerla, ese habría sido su nombre, me dije.
—Lo imagino.
—Ahora, en casa sólo queda un viejo gato negro, que se gasta la vida del sillón a cocina. ¡Ni por enterado de lo que sucede por aquí! Con un ritmo de vida así, cómo no van a tener siete o nueve vidas. ¡Hasta más!
—Pues lo mejor que pude hacer, amigo, es comprarse otro perro.
—Gracias, lo contemplaré una vez resuelto el duelo.
—Primeramente, Dios.
El cartero se calzó la gorra y montó en su bicicleta. Lo vi alejarse lentamente por la avenida, pedaleando con la displicencia del burócrata que espera que la jubilación lo alcance de un momento a otro.
—Pobre hombre —murmuré; las palabras me dejaron un sabor amargo en mi boca.
Recogí del piso tres piedras no muy grandes —aproximadamente 3x5 cm— y apunté la primera a su cabeza. La piedra pasó zumbando a centímetros de la gorra color beige; el cartero quizá pensó que se trataba de un pájaro o un insecto, pues movió el manubrio bruscamente hacia la izquierda. La segunda piedra me avergonzó: se clavó en el piso, a un par de metros detrás de la rueda trasera de la bicicleta.
—Esta es la buena —me animé; me puse de costado izquierdo, levanté la rodilla, giré el cuerpo hacia atrás y me impulsé al frente…
—¡Puta madre! —aborté la maniobra: mi mujer doblaba la esquina en ese instante; ya me había visto y me saludaba con la mano en alto.
Dejé caer la última piedra y fui corriendo a su encuentro.

jueves, 7 de septiembre de 2017

Café pendiente


Afuera la ciudad se inundaba. Tras titubear un poco, entró al café y enfiló en dirección a mi mesa. Parecía enfermo, pero una inspección a “vuelo de pájaro” quitó de mí esa idea. Dejé lo que estaba haciendo —mirar alrededor, sorber mi capuchino, echar un ojo al teléfono y responder algún mensaje— para detener al mesero que venía con una escoba en la mano. Yo me hago cargo, le dije. ¿Seguro?, insistió. Sí, respondí. Joven... ¿No sería mejor que tomara mi orden?, se envalentonó el pajarito, sacudiendo sus alas empapadas con pequeños vuelos del respaldo de la silla al centro de la mesa.

miércoles, 5 de julio de 2017

Cavilaciones


Vivía conmocionado por la tragedia que lo dejó en la orfandad. Las consultas al terapeuta apenas sirvieron para hacerlo recrear el pasado por años. El carácter se le agrió, llevaba siempre bajo la dermis los rencores. Hasta que al fin un día estuvo frente al asesino despiadado de su familia. «Te he matado tantas veces que no sé si una más haga la diferencia», le espetó. «Yo soy más práctico, a mí me basta con hacerlo una sola vez», le respondió aquel antes de disparar. El cristal que separaba a los dos quedó hecho trizas.